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1. Teresa de Jesús, escritora nata y ávida lectora

01. Cartel de la Exposición. Fragmento de la obra de José de Ribera: "Santa Teresa de Jesús", ca 1630. Museu de Belles Arts de València.

AMBIENTE FAMILIAR Y LECTURAS DE FORMACIÓN

   Teresa nace el 28 de marzo de 1515 en Ávila. Su padre, Alonso Sánchez de Cepeda, fue un mercader acomodado de origen judío; gran aficionado a la lectura, poseía una buena colección de libros en su casa, tal y como la propia santa cuenta nada más empezar el Libro de la vida. Teresa, que es una escritora nata, escribe como habla porque no es letrada y no tiene que seguir las normas de un escritor culto; eran tiempos en que las mujeres no tenían apenas acceso a la cultura. Abre su alma a los demás –a sus confesores, a sus hermanas monjas, a quien la lea–, y lo hace con una exquisita perfección, ahondando en certezas y en dudas, y con una forma de expresión diáfana porque acude a comparaciones de la vida cotidiana para dar luz a la oscuridad de su honda vivencia espiritual. Sus libros son su otro yo, y ella quiere que sigan hablando tras su muerte: dando testimonio, mostrando el camino de perfección, los entresijos del alma. Grandes poetas de todos los tiempos, desde fray Luis de León a Pedro Salinas, Gerardo Diego o Federico García Lorca han paladeado la belleza de su creación, de su originalísimo estilo, de esa “elegancia desafeitada, que deleita en extremo”, como dijo fray Luis.
 

   Como hemos dicho antes, el padre de Teresa de Jesús tenía libros en casa para que sus hijos leyeran, y también sabemos que su madre leía libros de caballerías a escondidas de su marido. En este contexto familiar, nace la pasión lectora de Teresa de Jesús, que no le dejará nunca: “Siempre tengo deseo de tener tiempo para leer, porque a esto he sido muy aficionada”, Cuentas de conciencia, 1ª, 11. Como mujer, no tuvo acceso a la educación universitaria (san Juan de la Cruz, por ejemplo, sí estudió en la Universidad de Salamanca, a pesar de su humildísimo origen), y fueron, por tanto, los libros que leyó los que formaron su pensamiento.
 

   De niña leyó vidas de santos, y se metía tanto entre líneas que convenció a su hermano para irse a tierra de moros “para que allá nos descabezasen”, pero no pasó a más, aunque los artistas se hayan empeñado en poner imágenes a lo que no existió. Luego fueron los libros de caballerías, y tal vez pudo leer el Libro del caballero Zifar, donde Grima, la inteligente y audaz esposa del caballero de Dios, Zifar, funda monasterios. Cuando muchos años después vio a fray Pedro de Alcántara, viejo y delgado, dice que “no parecía sino hecho de raíces de árboles”, comparación que había leído en las Sergas de Esplandián.
 

  Dos libros son esenciales para su formación espiritual: el Tercer abecedario espiritual de Francisco de Osuna (que le dio a leer un tío suyo, hermano de su padre), donde aprende a entrar dentro de sí,  a recogerse y  analizar su alma, para descubrir a Dios, para hablar con él. En el monasterio de San José de Ávila se guarda el ejemplar usado por la santa, con numerosos subrayados y notas marginales: son testimonio de su minuciosa lectura. El segundo libro fundamental, que marca el inicio de su intensa vida espiritual son las Confesiones de san Agustín. Y lo es no solo para el aprendizaje de la vivencia espiritual interior, sino también para saber expresarse por escrito: “Como comencé a leer las Confesiones, paréceme me vía yo allí […]. Cuando llegué a su conversación y leí cómo oyó aquella voz en el huerto, no me parece sino que el Señor me la dio a mí, según sintió mi corazón. Estuve por gran rato que toda me deshacía en lágrimas y entre mí mesma con gran afleción y fatiga”, Vida, 9, 7–8.
 

  Teresa no sabía bien latín, y se atreve a lamentarse de la prohibición de libros del Index librorum prohibitorum de Fernando de Valdés, arzobispo de Sevilla e Inquisidor General, en 1559: “Cuando se quitaron muchos libros de romance que no se leyesen, yo sentí mucho, porque algunos me daba recreación leerlos, y yo no podía ya por dejarlos en latín”, Vida, 26, 6. Se prohibían en él la tenencia y lectura de libros de, entre otros, fray Luis de Granada, de Juan de Ávila y la traducción de la Biblia a lenguas romances, ¡cómo iban a poder leerla los que no sabían latín! A pesar de ello, Teresa de Jesús se atrevió a escribir unas Meditaciones sobre los Cantares porque quiso compartir con sus hermanas monjas la riqueza del texto: “Que tampoco no hemos de quedar las mujeres tan fuera de gozar las riquezas del Señor; de disputarlas y enseñarlas, pareciéndoles aciertan, sin que lo muestren a letrados, esto sí”, Meditaciones, I, 9.  En 1580 el padre Diego de Yanguas le dio la orden de quemarlo; así lo hizo Teresa, pero felizmente se habían hecho ya copias. La riqueza de su obra literaria devolvió sumamente enriquecidos esos talentos que había ella encontrado en las lecturas.

 

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