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6. Cervantes y Barcelona

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The armature of conquest

6. CERVANTES Y BARCELONA

   El homenaje a la imprenta que es en sí Don Quijote de la Mancha llega hasta a incluir una de ellas en sus páginas. Don Quijote, en su estancia en Barcelona, no solo verá por primera vez el mar, sino también ¡una imprenta!
 
"Sucedió, pues, que yendo por una calle alzó los ojos don Quijote y vio escrito sobre una puerta, con letras muy grandes: “Aquí se imprimen libros”, de lo que se contentó mucho, porque hasta entonces no había visto emprenta alguna y deseaba saber cómo fuese. Entró dentro, con todo su acompañamiento, y vio tirar en una parte, corregir en otra, componer en esta, enmendar en aquella, y, finalmente, toda aquella máquina que en las emprentas grandes se muestra."

   Y en ella se estará imprimiendo precisamente la falsa "Segunda parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, compuesta por un tal, vecino de Tordesillas." Don Quijote, al verla, “con muestras de algún despecho”, se saldrá de la imprenta no sin antes anunciar que “su San Martín le llegará como a cada puerco”.
  Miguel de Cervantes, que debió de estar en Barcelona en junio de 1610 cuando pretendía embarcarse con la corte del conde de Lemos hacia Nápoles, de donde había sido nombrado virrey, hace un elogio extraordinario de la ciudad en una de sus Novelas ejemplares: Las dos doncellas. Las dos jóvenes, Teodosia y Leocadia, vestidas de hombre, y el hermano de la primera, don Rafael, “llegaron a Barcelona antes de que el sol se pusiese”:
 
"Admiroles el hermoso sitio de la ciudad, y la estimaron por flor de las bellas ciudades del mundo, honra de España, temor y espanto de los circunvecinos y apartados enemigos, regalo y delicia de sus moradores, amparo de los extranjeros, escuela de la caballería, ejemplo de lealtad y satisfacción de todo aquello que de una grande, famosa, rica y bien fundada ciudad puede pedir un discreto y curioso lector."  ¡Cervantes dixit!

  En su playa acabó precisamente la vida de héroe de don Quijote de la Mancha porque, vencido en ella por el Caballero de la Blanca Luna, no tuvo más remedio que despojarse de su armadura y armas y regresar a su aldea, en donde acaeció su definitiva transformación en persona particular: volvió a ser Alonso Quijano y se aprestó a morir en su cama, imitando también en ello a Tirante el Blanco.
  Un caballero barcelonés, don Antonio Moreno, fue el primero en advertir la enorme desgracia que para todos representaba tal derrota, como se lo manifestó a su vencedor, que no era otro que el licenciado Sansón Carrasco, y antes –en ocasión de signo inverso– el Caballero de los Espejos o del Bosque:

"–¡Oh señor –dijo don Antonio–, Dios os perdone el agravio que habéis hecho a todo el mundo en querer volver cuerdo al más gracioso loco que hay en él! ¿No veis, señor, que no podrá llegar el provecho que cause la cordura de don Quijote a lo que llega el gusto que da con sus desvaríos?"

   Y añade también que “con su salud no solamente perdemos sus gracias, sino las de Sancho Panza, su escudero, que cualquiera de ellas puede volver a alegrar a la misma melancolía”. ¡Qué razón tuvo!
   ¿Por qué eligió Cervantes Barcelona como destino final de su genial personaje? La razón hay que encontrarla de nuevo en dos libros, ¡siempre la lectura!, ¡siempre la imprenta detrás de esa obra única!
   Don Quijote se entera en una venta –que no castillo– de la existencia de la falsa historia de la segunda parte de sus aventuras (impresa en Tarragona en 1614) y lo hace a través de dos de sus lectores, y además tendrá en sus manos el libro impreso y lo hojeará. Es una escena impagable la de ver a don Quijote hojeando el libro que cuenta lo que no ha vivido y donde se le pinta disparatadamente como “ya desenamorado de Dulcinea del Toboso”.
   Cuando dice a los dos caballeros lectores del libro, don Juan y don Jerónimo, que tenía intención de ir a Zaragoza, a las justas del arnés, don Juan le cuenta cómo allá ha ido el falso don Quijote, y el caballero andante replica entonces:
 
"–Por el mismo caso no pondré los pies en Zaragoza y así sacaré a la plaza del mundo la mentira de ese historiador moderno, y echarán de ver las gentes como yo no soy el don Quijote que él dice."
 
   Y será don Jerónimo quien le sugiera entonces su destino:
 
"–Hará muy bien, y otras justas hay en Barcelona donde podrá el señor don Quijote mostrar su valor."
 
   Un “Así lo pienso hacer” en boca de don Quijote asienta ese destino definitivo. Y al salir de la venta se informa primero “cuál era el más derecho camino para ir a Barcelona sin tocar en Zaragoza”.
   Pero hay además otro libro detrás de esa decisión, otra novela, escrita por su enemigo literario y gran amigo de Avellaneda: Lope de Vega. En 1604 había publicado la novela bizantina El peregrino en su patria, que comienza así:
 
"Salía sobre las blancas arenas de la famosa playa de Barcelona, entre unas cajas, tablas y rotas jarcias de un navío, un bulto de sayal pardo, cubierto de algas y ovas, que, visto de unos pescadores y puesto en una barca con la codicia de que fuese alguna rica presa, fue llevado por la ribera abajo dos largas millas, hasta que entre unos verdes árboles desenvuelto, como las demás cosas, fue conocido por un hombre que entre la vida y la muerte estaba en calma."
 
   Es el Peregrino, y Lope, que no se maneja en el terreno de la novela como en el del teatro o la poesía, llamará “bárbara gente” a esos pescadores que recogen al náufrago. Comentarlo me llevaría a la última novela de Cervantes, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, en donde le da unas cuantas lecciones narrativas a Lope. 
  Todo ello sucede en torno a Barcelona, “flor de las bellas ciudades del mundo” ¡y gracias a la imprenta! Realmente Don Quijote de la Mancha es la primera gran novela moderna porque la estofa de sus sueños está hecha de muchos libros impresos.
 
 
3. Cervantes, entre fracasos y en la cárcel5.   7.
 

 

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